Takayama: La joya de los alpes japoneses

こんにちは sufridos lectores…

Nos habíamos quedado ayer en Takayama, en plena prefectura de Gifu, una región montañosa al oeste de Tokyo en la que, de hacer caso a las fotos de promoción turística, deben caer unas nevadas en invierno de tres pares de narices. Yo albergaba la esperanza de que, al estar en el campo cerca de las montañas y a mayor altitud que Tokyo la temperatura fuera algo más soportable. No ha sido así. De día hace un calor parecido, aunque sí es cierto que por la noche la cosa se vuelve algo más humana. Vamos con la crónica.

Tenemos aquí planificadas dos noches, que te dan para al menos pasar un día entero en la ciudad. Es patrimonio de la humanidad por la UNESCO y tiene varias ventajas: Relativamente cerca de Tokyo, un casco histórico de tamaño razonable (casi todas las visitas interesantes concentradas en unas pocas manzanas), y un aspecto magnífico de ciudad antigua perfectamente conservada. Lamentablemente, mi falta de conocimiento histórico me impide poner las cosas en contexto (¿alguien sabe de verdad lo que estaba pasando en Japón en el siglo XVI?) pero aún así me he ido leyendo con mucha aplicación los carteles explicativos que ponen, en perfecto inglés, en la entrada de los sitios para que te hagas una idea de lo que estás viendo. No me he quedado con nada, la verdad…

Así que esta mañana nos hemos puesto en marcha siguiendo la ruta planificada por el todopoderoso ChatGPT (al que Elena ha bautizado muy castizamente como «El Chati») y nos hemos visto una considerable cantidad de templos, cementerios y santuarios convenientemente situados unos al lado de otros. Muy vistoso todo, y con la gran ventaja de que no hemos encontrado prácticamente a nadie. No se lo que los turistas vienen a ver aquí (igual nos hemos perdido lo más interesante y estaban todos en otro lado) pero la verdad es que da gusto pasear por sitios así de espectaculares sin un alma alrededor. La mayoría son templos budistas y hemos aprendido a apreciar la importancia de cada uno por… el tamaño de la campana:

A la entrada hay siempre una pequeña fuente que los budistas usan para purificarse (se lavan las manos y la boca) y los turistas para refrescarnos haciendo como que nos purificamos, pero siempre desde el respeto y con la gorra en la mano. El caso es que hoy, al fin, la visita monumental ha sido digna de tal nombre.

Como os contaba, el casco histórico (que es dónde están las tiendas de souvenirs para que nos situemos) son unas pocas calles de casas de madera de aspecto muy antiguo pero en perfecto estado de revista. De hecho, algunas de ellas siguen siendo viviendas particulares que sus dueños te enseñan orgullosos después de pagar una módica cantidad. No hemos entrado en ninguna (somos turistas, pero no tanto), pero sí que nos hemos dado un paseo bueno por el barrio correspondiente preguntándonos dónde estaban el resto de visitantes. Mira, igual es que venía con otra idea en la cabeza después de la sobredosis de artículos que había leído en internet acerca de la insoportable masificación turística de Japón, pero lo cierto es que Madrid o Barcelona están mucho peor. Aquí no hay ningún problema para encontrar sitio en los restaurantes, nada de tener que andar reservando hasta para ir al campo, la sensación es que la oferta cubre de sobra la demanda. Sí que hay mucho (pero mucho) turista chino, que se distinguen de los camareros japoneses en que hablan entre ellos en inglés. Los europeos en general nos ignoramos unos a otros todo lo posible, como si nos molestara vernos por la calle. Hombre por Dios, que he venido aquí a ver japoneses, no alemanes. No me faltaba más que encontrarme a alguien de Astorga…

Tengo que detenerme un momento en la cena de anoche y sus molestas consecuencias. Normalmente mi estómago, cuando está en buen estado de funcionamiento, es capaz de procesar sin problemas varios cocidos maragatos consecutivos, pero la carne grasienta a la parrilla de la cena me cayó como un chupito de uranio y tuve que tirar un par de veces de sales de frutas para ayudar un poco. Añadamos a eso el desayuno tradicional japonés que nos han dado esta mañana en el hotel (una especie de festival de mierdecillas desconocidas más arroz y, agárrate, sopa miso) y nos hemos visto en la calle jurando que hoy íbamos a ayunar como monjes budistas. Sin embargo, un par de horas de paseo monumental más tarde (y una cerveza, todo hay que decirlo, que me ha sentado como si fuera el agua milagrosa de Lourdes) nos hemos metido en un sitio de soba (fideos de arroz o trigo que se comen fríos mojándolos en salsa) con bastante encanto.

Después de la frugal comida nos hemos vuelto al hotel a probar una de las actividades típicas. Nuestro hotel (Wood Takayama, altamente recomendable) está a medio camino entre un establecimiento occidental (con barra libre a partir de las 5 de la tarde) y una casa de huéspedes japonesa tradicional (que se llaman ryokan). Los colchones están directamente sobre una tarima (sin somier) pero aparte de eso es un hotel normal. Casi todos tienen el equivalente local a un spa, que aquí llaman onsen. La experiencia de uso merece detenerse un poco. Para empezar te dejan un pijama típico para que entres en las instalaciones (separadas las de hombres y las de mujeres) como puede verse en la bonita imagen adjunta:

Una vez dentro de tu sección correspondiente, hay que leerse unas instrucciones de uso. Sí, como lo oyes. Menos mal que vienen con dibujitos. Hay que lavarse primero, según me ha parecido entender, sentado en una banquetilla y usando un cubo para echarte agua por la cabeza. Luego te metes en una pequeña piscina (con agua a temperatura muy superior a lo humanamente soportable) y chapoteas allí un rato. A mí me ha durado 3 minutos la cosa. Me he salido antes de que entrara nadie porque encima hay que hacer todo esto desnudo. Vamos a dejar la explicación aquí antes de que esa imagen se quede grabada en tu cabeza…

Sin una idea clara de qué cenar, hemos vuelto a la opción por defecto en Japón: Ramen. De verdad que yo podría comer y cenar todos los días lo mismo. El sitio elegido hoy tenía una pequeña cola en la puerta (de mayoría japonesa para nuestra tranquilidad y superioridad moral frente al resto de turistas) que es algo muy habitual aquí. Afortunadamente suelen ir rápido y no hemos esperado mas de 5 minutillos. He pedido un ramen picante (que les he rogado que no picara mucho, porque se puede elegir el nivel) bastante notable, parecido al del Kagura de Madrid aunque algo más alegre. Los hilillos rojos de encima de la carne picada son los que dan la alegría, no tengo ni idea de qué son pero pican como el demonio y están buenísimos:

Y poco más por hoy. Mañana por la mañana nos vamos a Kyoto (dos trenes y un autobús, todo controlado) a seguir viendo monumentos. Un abrazo desde el imperio del sol naciente.

Luis y Elena

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